Monday, April 18, 2005

Mario Anteo

Letras rotas

Cantidad de egresados de prepa vacilan sobre qué profesión elegir. Y deben decidirlo de inmediato, pues pronto arrancará el periodo de inscripciones en las Facultades.

Por Mario Anteo

(17 Abril 2005).- Cantidad de egresados de prepa vacilan sobre qué profesión elegir. Y deben decidirlo de inmediato, pues pronto arrancará el periodo de inscripciones en las Facultades. ¿Seré ingeniero? ¿Abogado? ¿Melón? ¿Sandía?

Creo que hoy más que nunca los jóvenes enfrentan las turbulentas aguas de su incierto futuro profesional. Ello no obstante que muchos, a última hora, recurren a sicólogos y pedagogos, en busca de una brújula que los oriente.

Entre las causas de la desorientación vocacional sobresale, luciente cual marquesina de luz neón, el desconcierto del joven ante el aluvión de extrañas carreras que, en aras de una sospechosa modernidad, han inaugurado nuestros centros de estudio.

¿Qué rayos distingue a un ingeniero en Mecatrónica? ¿Un licenciado en Relaciones Internacionales es un políglota dedicado a conciliar países? ¿Puede existir, desde el punto de vista científico, un profesional de la hotelería y el turismo?

Se supone que tanta rara profesión obedece al espíritu de los tiempos: ahora nuestra sociedad demanda profesionistas pragmáticos que, aunque no sepan ni papa sobre la teoría y principios de su especialidad, ayuden con una labor útil al desarrollo del País.

Y es que ronda la inexplicable creencia de que el mercado ya no quiere meros ingenieros mecánicos. La sociedad, se supone, no necesita biólogos ni matemáticos puros. ¡Basta de estudiosos que hurguen las entrañas de las piedras o se embelesen en la "razón pura" de Kant!

Los modernos diseñadores de planes de estudio nos han hecho creer que, si queremos trabajar y ganar dinero tras graduarnos en la prepa, debemos optar por alguna carrera cuyo nombre sea largo y pomposo, de preferencia uno que incluya la deslumbrante palabra "sistemas".

Otrora, cuando el dólar no era tan caro, sí influía en el bolsillo la elección de la carrera: quien escogía el rumbo de las ciencias aplicadas podía estar cierto de un futuro decoroso, mientras que el inclinado a las humanidades conocía de antemano las penurias que lo aguardaban.

Creo que fue en los 80 cuando cambió la cosa. Entonces la triste verdad fue que, tras titularse, ni el ingeniero mecánico ni el licenciado en Letras, es decir, ni la ciencia ni el arte tenían asegurada la pitanza.

O sea que los estudiosos de las humanidades, quienes siempre habían lidiado con un áspero modus vivendi, ni cuenta se dieron de la crisis económica que tanto resintieron los profesionistas de la ingeniería y demás rentables saberes.

Dudosa la libre competencia que disfruta el recién graduado. Al cabo siempre es lo mismo: los puestos importantes se destinan, no a los mejores profesionistas, sino al joven influyente, o al muchacho intrépido que toca puertas por doquier, o al conocedor de los hilos de la política, o al ducho en la verbosidad.

Sé de flamantes profesionistas que ganan su pan conduciendo un taxi o pintando casas. Está el ingeniero que colma sus arcas vendiendo carros, y el sicólogo que va tirando de la vida impartiendo clases de inglés.

Y no se crea que tales entuertos vocacionales son exclusivos de estos empobrecidos lares. En París hubo un puesto de hamburguesas donde un físico nuclear asaba las tortas de carne, mientras un sicoanalista, egresado de la escuela lacaniana, untaba mayonesa a los bollos de pan.

Lamentable que nuestra Facultad de Filosofía y Letras, hoy que por arte de magia Monterrey quiere convertirse en la "Ciudad del conocimiento", condescienda con el jueguito en boga de la modernidad, el cual nos conducirá sólo al conocimiento superfluo y agringado, y a un pragmatismo tecnócrata donde no cabe la reflexión de las verdades profundas del saber humano.

Dice la página web de nuestra Facultad de Filosofía y Letras: "La licenciatura en Letras Hispánicas de la Facultad de Filosofía y Letras, en concordancia con el proyecto Visión Universidad Autónoma de Nuevo León 2006, tiene como misión formar profesionistas competitivos a nivel mundial, con un amplio sentido humanístico y comprometidos con su entorno social, capaces de asumir sus derechos y deberes fundamentales como ser humano y como ser social...".

Leyendo tan rígido y gélido propósito, no puedo sino recordar los bellos tiempos cuando fui estudiante de Letras. Entonces bullía el existencialismo de Sartre y Camus, los "cadáveres exquisitos" de Bretón y los surrealistas, mientras Fuentes, Cortázar, Vargas Llosa y demás narradores latinoamericanos desplegaban ante los maravillados ojos de los estudiantes de Letras un mundo mágico e inédito.

¿Para qué cercenarle la ilusión al muchacho que, contra viento y marea, arrastrado por una fuerza irrefrenable, ingresa a la Facultad de Letras? Él sabe perfectamente que, tras graduarse, no conseguirá trabajo. Entró a Letras con pleno conocimiento de causa. Si acaso ganará unos pesos dando clases de Literatura Universal en un colegio desconocido.

Se inscribió en Letras por razones distintas a las económicas. Lo que ansía es una atmósfera humanista y cálida, habitada por gente sensible, donde él pueda guarecerse del insípido materialismo que mueve al mundo.

Al estudiante de Letras lo acosa, no el hambre biológica, sino la sed espiritual. Por eso le urge sumergirse en los clásicos griegos, aprender latín, leer a Faulkner, Proust, Virginia Woolf.

Millones de veces le han dicho que "se morirá de hambre", sin que por ello mude de camino. De hecho, estudiar Letras no fue su elección, sino una dulce fatalidad. Estudia Letras porque no puede estudiar otra cosa.

Quiere departir con sus amigos en el café, quizá leerles unos versos de su cosecha. Desea recorrer con su imaginación los mundos de las novelas, y con su raciocinio investigar la estructura de la poesía gongorina. En pocas palabras, ansía un amable rincón ajeno a "sus derechos y deberes fundamentales como ser humano y como ser social".

Tal desencanto del estudiante de Letras ante el nuevo plan de estudios de la Facultad de Filosofía y Letras se extiende al área lingüística, donde también el afán utilitario está destruyendo la ilusión del preparatoriano deseoso de una familia donde reinen las bellas letras y el análisis profundo de la lengua castellana.

Dice la web susodicha, refiriéndose al estudio de la lengua: "El Colegio de Lingüística Aplicada pretende formar profesionales en el uso del inglés y del español como maestros de estas lenguas o como traductores de las mismas para satisfacer la necesidad que México tiene de promover, facilitar, establecer y desarrollar la comunicación internacional".

¡Qué triste reducir la Lingüística Aplicada al mero estudio de la lengua inglesa! Para ello abundan la escuelas de inglés, con sus modernos métodos, sus computadoras, sus lecciones virtuales. ¿Para qué armar toda una carrera universitaria dedicada a producir maestros de inglés?

¿Qué hará el estudiante que desea aplicar la lingüística al campo de la adquisición de la lengua materna? ¿A dónde se volverá el joven que ansía estudiar la Etnolingüística? ¿Quién se hará cargo del alumno que desea matematizar la gramática española? ¿Dónde cabrá el estudiante interesado en la sintaxis del inconsciente freudiano?

Total, cada vez veo más lejos la Facultad de Letras que yo sí disfruté, y de la que deberán privarse los actuales estudiantes. Hablo de los tiempos en que el maestro Herón me aproximó al fabuloso mundo de la Gramática Generativa Transformacional, y el maestro Gómez, de grata memoria, supo contagiarme el amor por la lengua de Ovidio.

Hablo, en fin, de aquel hermoso pasado, cuando las aulas de Letras albergaban alumnos en tal cuantía, que el maestro demoraba sus buenos minutos en tomar lista a los presentes.